Para lectores sabios

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Estoy muy orgulloso de mi nuevo despacho en SQGestalt y no dejéis de leer mi blog terapéutico

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Algunos de mis Haikus

A mano alzada
trazo un rostro de ángel
en la penumbra

El alba crece
al ritmo de tu aliento
con tu aroma en mí

En la soledad,
miro la luna llena
y te recuerdo

Tus dedos danzan
en mis palmas desnudas
un baile de amor

miércoles, 18 de enero de 2012

Volando...

Os voy a contar el regalo de Navidad que me hizo Núria. Un vuelo en ultraligero en el aeródromo de Moià. Fui ilusionado porque me gusta volar. El avión está muy bien equipado, modernísimo, parece la cabina de un aerobús, pero no es más que un ultraligero, porque a pesar de su aspecto, no pesa más de 400 kg. Nos desplazamos hacia la pista mientras me explica todos los indicadores y controles que lleva. Todo me parece lógico, ya he volado antes, sé mucho de aerodinámica y pilotaje. Pero han pasado años y la moderna tecnología me fascina.
Con los auriculares puestos, donde se mezcla la voz del piloto con los constantes mensajes por radio de la torre de control y otros aviadores, nos orientamos hacia la pista de despegue. Flaps abajo, breve mensaje de que despegamos, aceleración a tope, el avión se desliza y a los pocos segundos ya quiere despegar. Un toque de palanca hacia atrás, nada, dos milímetros, y el morro se levanta y notas como te has "despegado" del suelo.
En ese momento volvieron de golpe todos los recuerdos de mis vuelos anteriores. La emoción que me invadió no tiene nombre. Pensé en todo, en sólo dos segundos. Pensé en cuánto me gusta volar, en qué fantástica es la sensación de despegarte del suelo; pensé en Núria, que me regaló esta sorpresa por Navidad.
Noté en mi estómago, claramente, cómo subíamos, colgados de las alas del pequeño avión, sujetados por la simple ley de la aerodinámica, alta presión bajo las alas, baja presión sobre ellas, lo que equivale a succión hacia arriba.
Quitamos los flaps, bajamos velocidad y el piloto me deja los mandos. Él sabe que soy "casi" piloto, y me deja disfrutar. Sólo me pide que no haga un "looping", porque el desayuno aún está por digerir,… Vuelo hacia Collsuspina, pero hay nubes que suelen zarandear los ultraligeros; vamos por encima de ellas, pero por si las moscas evito las nubes, giro a babor y vuelo hacia Artés, luego sobrevuelo Monistrol y de vuelta a Moià sobrevuelo ligeramente (está prohibido) la casa de Núria.
Para el aterrizaje le dejo los mandos. Entre que ya no me acuerdo mucho, no sé tanto, que el avión es suyo y no lo conozco, y que quiero volar más y no poner punto final precipitado a la vida, prefiero disfrutar y que sea él quien me devuelva sano y salvo a tierra,… donde no me apetece volver aún, así, tan de prisa….
La aventura finaliza con un aterrizaje de mantequilla, un apretón de manos y la promesa diplomática de que nos veremos pronto (a saber).
He hecho un par de fotos en vuelo, y he disfrutado a tope. Me he sentido joven (porque lo soy), vivo (porque lo estoy) y feliz (porque me lo merezco).

Ha sido un regalo sensacional. He vuelto a ser yo. Me he acercado a las estrellas, al sol, he cabalgado las nubes, he sido el rey del mundo durante unos minutos. Y es tan fácil ser feliz,… sólo tienes que hacer lo que te apetece.
Y me apetecía mucho, Nuni!.
Gracias.

A veces, una música te recuerda momentos felices.
A veces, un sabor te colma de recuerdos pasados.
A veces, un olor te traslada a momentos inolvidables,
pero olvidados.
A veces, sí, a veces, un error te recuerda dónde estás,
o dónde no estás y deberías estar.
Y a veces, la emoción de volar te recuerda que estás vivo.
A veces, una palabra te recuerda quién eres,
un gesto, dónde estás,
una sonrisa, a quién aprecias,
una mirada, a quién quieres,
un beso, a quién amas,
un reproche, a quién respetas,
una caricia, a quien anhelas,
una lágrima, a quien te quiere.
A veces, sólo un instante, puede convertirse
en una eternidad.

martes, 18 de octubre de 2011

Segundos de oscuridad

Se la veía venir, manirrota,
la emisaria del calvario
cruel justicia de emisario
de que todo ha de acabar.

La escuchabas desde lejos
en certera cantinela,
no te fíes, trae tela,
ya que todo ha de cambiar.

Pero bueno, ya se sabe
nada dura eternamente
no lo pienses con la mente,
siéntelo en tu corazón.

Todo cambia, nada queda,
es la ley de la ternura
pues en ella solo dura
lo que sabes conservar.

No me llores, dulce niña
lo que acaba es un desierto
y renace en un acierto
al ver el faro una vez más.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Encuentros en la intimidad

Esta mañana he hablado con alguien a quien pensaba conocer bien, pero me ha resultado un extraño. Me he dirigido a él expresamente. Es un hombre de mi edad, pelo canoso y barba de una semana. Siempre está allí, como si fuera el portero. Le he preguntado directamente quién era y me ha explicado un poco su vida. A ratos me sonreía, a ratos parecía triste. Me contó sus sueños y sus miedos. Me habló de sus proyectos, de sus amores y desamores. De su trabajo, sus hijos, sus aficiones,…  Parecía muy contento de verme y de poder hablar conmigo. Le costaba encontrar a veces las palabras, pero siempre me miraba a los ojos mientras le escuchaba. Y me empezó a caer bien. Fue una sensación curiosa estar hablando con un extraño a quien creías conocer, con quien pensabas estar muy familiarizado pero en el fondo sin saber mucho de él. Curiosamente, aún conociéndole muy bien, no le había dirigido todavía nunca la palabra. Me acerqué a él y él se acercó a mí, con seguridad, con aplomo, con bastante más autoestima que yo. Seguramente tenía yo muchos prejuicios y, al no haber hablado con él nunca antes, al no preguntarle directamente, no podía saber cuáles eran sus intereses y necesidades. Fue una conversación corta, afable y tranquila. Fue un cara a cara muy interesante. La primera conversación con ese conocido desconocido, pero que ahora me cae ya bastante bien. Me dio unos cuantos buenos consejos y quedamos en seguir hablando mañana, en contrastar opiniones, en analizar situaciones y descubrir impresiones comunes. Muy majo, el tío. Se marchó al mismo tiempo que yo, cuando aparté la mirada del espejo del cuarto de baño, apagué la luz y cerré la puerta. Mañana volveré a hablar con él, antes o después de lavarme los dientes, o quizá mientras nos afeitamos juntos.

sábado, 11 de junio de 2011

Polaridades

Erase una vez un niño que quería poder disfrutar tanto de las cosas que no las disfrutaba en absoluto. Cuando le regalaron su primer reloj, le gustó tanto que no lo sacó de la caja, no fuera que se lo robaran, se cayera y se rompiera, o siquiera se rayara lo más mínimo. Los bolígrafos bonitos no los utilizaba, no fueran a quedarse sin tinta. Cuando le regalaban un libro sólo lo entreabría y le leía con dificultad y casi con guantes, no fuera que se estropearan el lomo y la cubierta. La ropa bonita había que guardarla para una ocasión digna, que no llegaba nunca. El día que decidió ponérsela ya le había quedado pequeña… Y aquellas hermosas botas de montaña se quedaban en casa, no fuera que en la excursión se mancharan de barro.

Y así arrastró esa tendencia a preservar, presa del miedo a perder la novedad. De joven le costaba quitar el plástico protector de los teléfonos móviles. Los objetos ligeramente rayados o gastados ya no se podían utilizar. Hacía falta uno nuevo y, una vez comprado, se guardaba para seguir utilizando el viejo, no fuera que el nuevo se estropeara… Se compraba una botella de Limoncello en un viaje a Italia, pero no la abría, porque una vez abierta se consumiría y pronto tendría que tirar la botella vacía y se habría acabado el placer y el recuerdo del viaje. Y al final siempre se decía lo estúpido que era tirar la caja de bombones sin empezar, dejar que se estropeara el té chino traído de Pekín, porque si lo consumía demasiado deprisa se acabaría. Limpiaba tanto su pisito y cubría tanto el sofá con sábanas para que no se llenara de pelos de gato, que al final no utilizaba nunca el salón.

Se comportaba así por un constante miedo a la pérdida. Había perdido tantas cosas en la vida…: el interés de sus padres, su primera novia, la juventud, la confianza,… Las cosas y las personas, tenían un valor distinto para él. Había que cuidarlas demasiado, por encima de cualquier otra cosa, si es que quería tener alguna oportunidad de no perderlas. Y se perdían igual.

Muchos años después recuperó la juventud y la confianza en sí mismo, aunque el miedo a la pérdida sigue latente en sus células. Descubrió poco a poco el placer de beberse la botella de vino bueno recién regalada lo antes posible y, a ser posible, en buena compañía. De desprecintar los aparatos se rayen o no, de ponerse la camisa nueva de inmediato, día sí, día también. Luego se tira la botella vacía, se usan los aparatos rayados y se lava la camisa aunque pierda algo de color. Siempre habrá otra botella, los aparatos rayados funcionan de maravilla durante muchos años y las camisas viejas también gustan, si se cuidan un poco y no se estropean.
Pero así se volvió prisionero de la prisa, de consumir el vino antes de perderlo, de gastar la camisa antes de aburrirse de ella, de aprovechar al máximo cualquier cosa antes de que se acabe. Y prisionero de la prisa por ser querido, respetado, amado. Por tener certezas,… por recuperar tantas cosas perdidas.
Y tampoco encontró el equilibrio. Porque el equilibrio lo buscaba en las cosas y las personas a su alrededor.

Y así llegó el día en que se dio cuenta de que había una persona en la que no había pensado nunca. A la que no había recurrido nunca para serenarse. Una persona a la que apenas conocía y a la que había rechazado y olvidado durante todo este tiempo. Y así fue como se conoció a sí mismo. Y se dio cuenta de que todo, absolutamente todo lo que pasaba a su alrededor, dependía de su propia forma de ver el mundo. Ni se puede recuperar lo perdido, ni se pueden tener certezas. Se reconoció al fin en el camino, y no en la meta. Disfrutó de unas cosas, otras las dejó reposar. Disfrutó del respeto y del reconocimiento, y al final los dejó marchar. Buscó la tranquilidad en una sonrisa, en lugar de temer su pérdida. Y se enamoró,… quizás,… por primera vez en su vida,… de verdad.

martes, 1 de marzo de 2011

Prejuicios deflectivos

Querida Montserrat:
He visto tu perfil en el Match y me ha gustado mucho. Dices que buscas a un tío sincero, cariñoso, honrado, y que sepa dar mucho cariño. Yo creo cumplir esas condiciones, me atrae mucho una mujer que se centre en aspectos sencillos y no pida, así de primeras, que sea rico y guapo. Aunque claro, lo de guapo siempre es relativo. Pobre no soy, no mucho al menos, pero guapo, lo que se dice guapo, bueno,… estoy convencido de que no te desagradaré. Soy sincero, educado, fino, limpio, de buena educación… Aunque claro, mi sinceridad es evidente sólo para mi, pues no me conoces aún de nada y yo me guío sólo por el texto que has puesto. Porque no has subido una foto a tu perfil. Supongo que es normal, ¿verdad? Seguro que es porque si la pones te avasallan a mails y la mayoría serán viejos verdes, perdona la expresión. Pero a mí me atrae mucho ese secretismo, ese intríngulis de no saber cómo eres. ¿Y si resulta que no eres muy agraciada en hermosura? Jajajaja, qué bruto soy, ¿verdad?. Bueno, el misterio está por desvelar. Te incluyo una foto mía, me la sacó un amigo el año pasado. Soy el de la derecha, con la chaqueta negra en la puerta de la disco. Soy ése del pelo rubio (me lo teñí, pero ahora ya me lo vuelvo a dejar negro). ¿A que mola? Como ves, soy honrado y te envío una foto. Eso de que no hayas subido la tuya,… ufff, en el fondo no dice mucho de tu sinceridad. Yo creo que si buscas a un hombre sincero y honrado, pues al menos deberías ponerte  un poco a la altura y subir una foto, aunque no se te vea mucho. Sólo para tener una cierta idea de tu figura. Ya sabes, el tiempo es oro y hay muuuchas chicas en el Match que buscan lo mismo que tú. Y casi todas ponen foto. A mí me atrae el misterio, claro, tengo curiosidad. Pero no me lo pongas tan difícil, jolines!! También pides que sea cariñoso, jeje. Bueno, yo doy cariño cuando me responden. ¿Cómo eres tú de cariñosa? ¿Mucho? ¿Seguro? Bah, no me lo creo, me lo tendrás que demostrar, jeje. No estoy muy seguro de lo que hago ¿sabes? Eso de que no pidas a alguien guapo me hace sospechar que igual no eres tan bonita como quieres que te imaginemos. A saber, igual tienes granos, jajajaja!!! Jolines, deberías subir una foto, o enviarme una, al menos, vaaaaaa. Bah! Seguro que si tuvieras una de bonita la hubieras puesto. Conocí a dos sin foto y eran adefesios, jajajaja. Me temo que voy a darme de bruces contigo otra vez. Mira ¿sabes qué? Me da como mala espina. ¿Por qué no subes foto ni pides un tío con pelas, un cochazo, un tipazo de gimnasio y cosas así? Joder, tía. Te haces la misteriosa y pides gilipolleces. ¡Anda ya! Seguro que hasta ni siquiera es verdad que tienes 22 tacos.  Si en el Match miente todo cristo, tía, jajajaja! No sé, no acabo de creérmelo. ¿Y por qué has puesto Montserrat? ¡Si es nombre de abuela, chavala! Ya que mientes con la edad podrías mentir con el nombre y hacerte llamar Yolanda, o Jennifer, que mola mucho más, tía. ¿Sabes? No te creo una mierda, chavalota. Seguro que eres gorda, bizca, calva y sin dientes, jaja. Bueno, ya veo que será mejor que no me respondas, tía. Joder, mira que me has confundido, ¿eh? Por un momento pensé que igual,… yo qué sé, tía. Eres falsa, ¿lo oyes? ¡Falsa! A mí no me toma nadie el pelo así, tía. Que me siento enculao, joder. Anda y que te dén. ¡Zorra!.

martes, 7 de diciembre de 2010

A veces...

A veces me siento un ser sobrehumano, omnipotente, omnisciente; otras me siento tan insulsamente mediocre que dudo incluso de mi propia existencia. La mayoría del tiempo me siento, sin embargo, en el punto de equilibrio, y eso es bueno.
A veces noto que controlo lo que me rodea, mi presente y mi futuro. Disfruto entonces de los recuerdos del pasado, de los colores del otoño en un bosque de hojas caducas, de los rayos de sol que atraviesan las ramas a medida que se desnuda, del aterciopelado suelo de hojarasca en el que se combina la más bella mezcla de colores pastel. Y a veces noto que lo que me rodea me controla, que el pasado me asalta con saña y alevosía, y el paisaje otoñal se convierte en cenagal, inmundo, despreciable, pues sólo vale el sueño de la primavera, del cálido tacto de la arena en una playa hastiada de sol.
A veces,… a veces me siento inmensamente feliz, enamorado, girando con los brazos abiertos expuesto al viento que me despeina y me limpia, arrastrando rencores, recuerdos, remordimientos. Y a veces no puedo impedir sentir como un tsunami de tristeza recorre mi alma de lado a lado, ahogando y apagando los pabilos de felicidad, hilvanados en velas de suave aroma, y enfriando con agua salobre cualquier semilla de futuro que germinara en mi cuerpo, en mi mente, en mis manos.
A veces miro hacia delante, sin mirar atrás. Otras miro hacia atrás sin poder ver lo que tengo frente a mis propias narices. A veces me siento perdido, otras me encuentro, pero cada vez más perdura el encuentro, y se desvanece el obsoleto miedo del pasado.
A veces pienso que estoy viviendo la vida, y otras, cada vez más pocas, que debería estar viviéndola. A veces se deshacen los sueños entre los dedos, como la arena del mar, pero no hay más que mirar abajo para ver que siguen allí, con muchos otros más.
A veces siento las caricias que me da la vida, otras sólo las sueño. 
A veces, los sueños no son más que sueños; y a veces, los sueños, de tanto soñarlos, se convierten en realidad.
¿Eres un sueño? No, ya no. Ahora eres premonición de futuro. Te he soñado demasiado, y te convertiré en realidad.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Sombras

Observaba la luna como si fuera la primera vez que la viera. Prácticamente llena y muy baja en el horizonte, cubría su entorno con un velo de luz gris azulada. El reflejo en el lago era perfecto, ya que la superficie estaba totalmente quieta, como un espejo. No sabía cuánto llevaba en la orilla pero le parecía una eternidad. Se apartó el cabello de la frente para observar su alrededor. Todo el paisaje era en blanco y negro; las negras hojas de los árboles cubrían inmóviles un paisaje de troncos grises. Las flores, no eran flores. Eran recortes en gris de un mundo ajeno.
Acarició la tierra, negra, y notó la húmeda aspereza de la orilla. Sus pies estaban a pocos centímetros del agua, pero no se atrevía a tocarla. A la luz de la luna, el lago parecía llamarla para que fuera engullida por él.
Se estremeció. El silencio atronaba en sus oídos y supo que no debía estar allí. Que todo su entorno era hostil y peligroso, a pesar del silencio y la soledad que se respiraba.
Se llevó una mano al pecho y sintió su corazón acelerado. Se observó a sí misma sin reconocerse. No tenía frío a pesar de estar desnuda. No recordaba cómo había llegado allí, no recordaba su nombre, no recordaba nada. Y a medida que se daba cuenta de que no recordaba nada, su temor fue creciendo y comenzó a temblar. Estoy soñando, pensó. Es solo un sueño.
Se levantó lentamente, atemorizada, y se apartó del agua. Caminó unos pasos hacia el bosque notando bajo los pies cada brizna, cada piedra, sin percatarse de la presencia de aquella sombra que se movía entre los árboles.
Podía escuchar su propia respiración, los rápidos latidos de su corazón, y se sentía inmensamente sola, perdida en un sueño de tinieblas grises. Buscó en vano a su alrededor alguna prenda, algo para cubrirse . Y al barrer con la mirada percibió el movimiento de la sombra entre los árboles.
El pánico se apoderó de ella. En un primer momento dudó que hubiera visto algo moverse, pero la sombra reapareció, recortada entre los árboles. Inmensa, tenebrosa.
Giró sobre sus pasos y regresó rauda a la orilla. Sus pies rompieron la tranquilidad de la superficie del lago y la luna empezó a bailar. No quiso mirar hacia atrás. Si era un sueño debía salir de él, y qué mejor camino que a través del agua.
Lentamente, sin girarse, entró en el lago de agua gélida. En un momento de valor miró hacia atrás y pudo ver, con terror, la inmensa sombra que sumergía su primer paso en el lago.
Quiso nadar para alejarse pero notó como algo agarraba sus piernas y la estiraba hacia abajo.
Quiso gritar pero no supo. Quiso nadar, pero no pudo. Quiso respirar y sólo pudo llenar los pulmones de agua. La arrastraron al fondo del lago. La sombra se desvaneció, pues era su propia sombra, gris, proyectada por la luna llena de aquella noche de verano que no era más que un sueño. Un sueño del que jamás despertaría.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Tempus fugit II

Languidece la noche. Y languidece, como siempre, sin parar. El tiempo, el tiempo, eltiempoeltiempoeltiempo…. El tiempo marca las horas y los minutos marcan el tiempo. Se cierra el círculo que no puedes controlar, sólo aprovechar, como puedas. Pues las agujas no paran de trazar círculos en tu vida. Cada día parece que todo empieza de nuevo, pero no es así, sigue de nuevo.
Hará ya unos quince años que murió mi abuelo Juan, el farmacéutico, padre de mi madre. Su recuerdo está hoy en la palma de mi mano, en un objeto especial que hoy he vuelto a rescatar, tras varios años olvidado en un cajón. El reloj de mi abuelo, que me legó en su testamento. Un reloj que, según él, yo admiraba mucho de pequeño. Y ahora, en este mismo momento en el que el tiempo recobra su importancia, recobra su importancia. Lo limpio, lo repaso, le doy cuerda,… y funciona. Debe llevar más de cinco años sin funcionar pero funciona. El reloj,… debe tener más de 60 años. Funciona, suave, silencioso. Funciona. Es una imagen del pasado que perdura en la memoria. Y cuando el pasado te invade de esta forma, el reloj cobra vida y te habla. Me cuenta cosas de mi infancia; mientras hace tic tac me dice que de niño, seguramente senado en su regazo, jugaba con su reloj. No puedo recordarlo, pero me encantaría poder recordarlo. Por eso me lo legó; para que me sumergiera en su recuerdo, para que perdurara en mi memoria. Para que al menos un par de veces en la vida le diera cuerda y volviera a sentarme en su regazo.
Recuerdo la farmacia, los estantes repletos de frascos ilegibles. El armarito con frasquitos pequeños, con cicuta, curaré, y otras sustancias peligrosas, pero al parecer útiles para curar. Recuerdo que mi abuelo era muy alto y delgado, sonriente, amable, cariñoso,... Recuerdo que leía La Vanguardia cada día, de pe a pa, sentado a la mesa del comedor y apoyando la cabeza en la mano izquierda, gesto que he heredado de él, según mi madre. Recuerdo cuando tocaba el piano, y cuando ponía discos en la gramola. Recuerdo su casa, grande, con habitaciones tan alejadas entre sí que creaban mundos distintos.
Hoy, totalmente obsoleto, su reloj recobra vida de nuevo, vive, en su mecanismo y en mi mente. Y mañana, si no le doy cuerda al recuerdo, se apagará. No quiero que se estropee, es mi recuerdo, el único de mi infancia. 
Las agujas giran y se repiten en sus círculos. Nosotros nos limitamos a darles cuerda y a vivir en línea recta.

jueves, 7 de octubre de 2010

Un poco de Fujitsu ¡¡por favor!!

Las ocho menos cuarto. Tras varios largos de piscina me dirijo a la sauna. Vacía, como siempre. Me quito las zapatillas y cuelgo el gorrito y las gafas de nadar de un gancho, entro en la sauna, cierro y me tumbo en un nivel alto, donde más calor hace. Qué tranquilidad, pienso. A estas horas matutinas no hay nadie. Qué ganas de quitarme el bañador mojado, pero no se puede.
¡Sorpresa!. Clac, se abre la puerta y entra una señora, más ancha que alta, con su gorrito, las zapatillas, las gafitas de nadar todo bien puesto en su sitio, y sin toalla.  En fin, hago oídos sordos y, de paso, cierro los ojos para hacer también la vista ciega.
¿Esto es la sauna? –pregunta inteligente de la pelota con bañador amarillo que acaba de entrar-. Tentado estoy de decir que no, que es el restaurante del gimnasio, pero vence la buena educación y lo limito a un simple “juraría que sí, porque hace un calor de coj… de miedo”. La pelota amarilla suelta una risita.
-¿Y cuánto rato hay que estarse aquí dentro con este caló?
-Pues unos diez minutos, señora. Depende de cuánto aguante.
-Me vi a poner como uzsté, asina, estiradita y to.
- ….
-Joer qué caló q’hace aquí, ¿no? Y uzté cree que es sano esto?
-Si se queda dormida y no se despierta, posiblemente no. Pero si no fuera sano no habría saunas, señora.
-Ya, jejejejeje, ya se me lo imagino, ya, jejejejeje.
-…..
¿Me puedo quitar el gorro? ¡Que uzté no lo lleva!
-Quíteselo, aquí no es necesario llevarlo. Además, con el gorro sudaría demasiado y se le caería el pelo.
-Ya sólo me fartaría ezo, Virgen santa, que me cayera má er poco que tengo.
-Y tampoco hay que entrar con zapatillas, pero sí con toalla.
-¿Y pa qué quiero yo la toalla? Zi lo que no quiero es no pisar ná raro.
-Señora, es porque las zapatillas ensucian la sauna, que se limpia a diario. Pero si no se pone toalla (debajo de su inmenso culo iba a decir, pero me callé) ensuciará la madera de sudor.
-Ahhhhhh, tá bien. Sargo a por la toalla y a dejá las zapatillas. Totá, me se ha caído la suela de la derecha y voy coja…!
-Vaya por Dios (no sé a qué vino mi comentario, pero lo solté).
-Es que miresusté- dice el globo sujetando la puerta abierta –ya la llevaba suerta varios días y se vé que con la humedá, me se ha desprendío del tó.
-Señora, por favor, cierre la puerta que se va el calor.
-Uyyy,… que tonta.
Sale, cierra, vuelve a abrir y entra sin zapatillas y con toalla. Bien.
-Ahhh, ahora ya tá mejor. ¿A que sí?
-Mucho mejor (sonrío, por no arrancarle los ojos)
-¿Y ese botón rojo pa qué es?
-Es para avisar, por si pasa algo, si alguien se marea o si no puede salir.
-Ahhhh. Tá bien. ¿Qué seguro no?
-Depende,… tiene que haber alguien más que lo pulse si el que se marea no puede..
-Jajajajaja, por suerte está uzté aquí, pa pulsarlo si me duermo, ¿no?
Sonrío, me giro e intento relajarme, que ya me baja el sudor a chorros.
Empiezo a adormecerme que se abre de nuevo la puerta. El siguiente globo es negro (al menos mejor gusto con el bañador).
-¡Manola, tas aquí! Y yo buscándote por el yacussi ése y no te veo. Has pasao de la sopa garbanzos a la secadora ¿eh?
-Ay, Lola, pos sí, mira, quería probar esto. Ezte señó tan amable me ha explicao como funciona. Dice que si me quedo dormida no es sano, ¡jajajajajaja!
-¿Y qué hases con la zapatilla toa rota, Manola?
-Pos ya ves, sa caío desfinitivamente. Por ahí andará la suela esa. Pero no la va a cogé nadie, ya verás.
-Pos bueno sería el que la cogiera...!!
A estas alturas, el volumen dentro de la sauna empieza a alcanzar más decibelios que la temperatura.
Clac, se abre la puerta, entra un señor.
-Ya toy aquí, Lola. ¡Anda, la Manola! ¿También tas metío aquí?
-A farta de la suela de mi zapatilla, pos mira, sí, me metío aquí con miedo a ver si no me desmayo. Pero ezte señó de ahí arriba ha sío mu simpático y me lo ha explicao. Si te desmayas puedes apretar el botoncito rojo ese,… el pimiento ese, vaya, jajajajaja!!
Todos me miran, yo sonrío.
Manola: ¡Uffff, pero qué caló que hace aquí dentro!
Lola: Pos sí, pero é mu sano, dice er señó. (Me hago el dormido)
Marido: Claro que es sano, se suda la grasa que sobra
Manola: ¿Que a mí me sobra grasa? Mira que te doy, Juan.
Juan: Mucha, mucha, Manola, que hay que conservarse.
Lola: Pos a mí sí que me sobra, tanto que hasta se me cae la zuela de la zapatilla, ya ves.
Juan: ¿Se ta caído la suela? ¿Y eso?
Lola: Pos mira, la humedá será, aunque ayer ya la tenía asina como desprendía ¿no?
Juan: Eso es por comprarlas baratas. Mira en Declatló me compré yo unas de mi número que es el 39, y resulta que ayer alguien se debió equivocar y me dejó unas iguales, pero del 43. Ya ves, me puedo bañar dentro de ellas y no sé a dónde llegará ése con las mías tan pequeñas.
Lola: Pues habrá sio un erró, porque pa robar unas y dejar otras….
Manola: Seguro, mira el otro día en el carrefú, una mujé se me llevaba el carro, por suerte era antes de pasá por caja y pagá.
Lola: Pero si te deja er monedero dentro del carro te lo pueden quitar, mujé.
Manola: Sí, ¿verdá? Juan, ¿tacuerdas de cuando fimos a Andorra? ¿Aquella mujé que lloraba que le habían quitao el borso del carro?
Juan: Sí que macuerdo, sí, la pobre,…..

Me levanto para salir. No aguanto más.
Lola:¿Se va usté ya? ¿Tengo que salir yo?
-Nooo, usted quédese un ratito más, que cada uno tiene su tiempo (y no salga nunca por favor, ayyyy que ganas de decirlo).

Salgo, cierro, me doy una ducha helada pero rapidita y salgo disparado hacia los vestuarios. Al pasar junto a la sauna se escuchan comentarios sobre los precios de las zapatillas en Andorra.

Mañana, con tapones y me hago el muerto, o el sueco.
Un cartelito de “Silencio en la sauna, por favor” no estaría nada mal.

jueves, 16 de septiembre de 2010

En busca de la creatividad perdida

Me puse el gastado sombrero de cuero, me calcé las rasgadas botas, colgué el zurrón del hombro y el viejo colt del cinturón, junto a mi inefable látigo, y me lancé a la búsqueda de la creatividad perdida.

Batallé durante semanas con emboscados reality shows en televisión, con siniestros botellones nocturnos, con subrepticios comentarios en facebook e incluso con escatológicas declaraciones de políticos de alta alcurnia. Pero no alcancé mi objetivo. Mis mapas no me servían, pues sólo indicaban la situación de los McDonald’s y del Corte Inglés más cercanos. Mi GPS me hablaba en chino al ordenarme que a nuevecientos metros tomara la quinta salida de la rotonda, que una vez alcanzada sólo tenía tres.
En mi desesperación busqué en Google, en mi Blackberry, en la Xbox de mi hijo y hasta en libros de cocina africana. Busqué en las cuerdas de mi guitarra, en la papelera de una escuela, en las posturas de mi gato, incluso en el manual de uso de mi nueva caldera.
Al final, pregunté a mi terapeuta que me dijo que mirara dentro de mí, que la respuesta estaba en mí mismo. Y sí, allí estaba, ciertamente. Visto mi interior, vi que la creatividad, simplemente, aún no había llegado. Llegaba tarde, pero la creatividad no tiene hora de llegada.
La creatividad no se busca. La creatividad llega, y llega cuando le da la gana. La busques donde la busques, si llega, incluso estará en el McDonalds, en la caldera de gas o en la Blackberry.
Descargado de mis vestiduras de aventura y puesta la lavadora con la ropa sucia, me senté a esperar su llegada. Y vaya si llegó. Sí. Llegó con las vueltas de la ropa en la lavadora, en el vórtice que forma el jabón. Allí estaba, la muy descarada. Así que recurrí a mis mejores artes para retenerla.
Y lo que me dio,… bueno, eso ya llegará. Estoy en ello. Lo prometo. Pero es que ahora se me hace tarde y me pierdo Los Simpsons… Nunca es tarde, si la dicha es buena.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Historia basada en hechos reales

Ana se enhebró en el vagón en el último segundo. Cuando te metes así, en un vagón lleno a rebosar cual lata de callos a la española y en el último segundo, la única forma higiénicamente segura de caber es de espaldas: culazo al canto y pa dentro, pensó. Las puertas se cerraron y casi le cercenaron la nariz; lo evitó girando la cabeza hacia la izquierda y cruzando la mirada con un aburrido y mal afeitado supuesto estudiante oriental, por cuya nariz parecían reverberar las notas de heavy metal que se chutaba, cual droga barata en los oídos, a través de los auriculares de su invisible MP3.

La mirada fue breve. Bueno, debería haber sido breve, pero la inmediata proximidad del cristal de la puerta por la derecha y la falta de flexibilidad de las cervicales para girar más aún hacia la izquierda, impidió a Ana que apartara la cara, por lo que tuvo que limitarse, educadamente, a cerrar sólo los ojos, ya que los oídos no disponen de párpados que apantallen el hilo musical transnasal del sujeto en cuestión.

El tren arrancó con el consabido tirón, dominado gracias a la experiencia, clavando la pierna derecha sobre algún callo ajeno para compensar. Ana ya planificaba la logística necesaria para permanecer en el vagón durante las tres paradas que tendría que sobrevivir. Los humores, sudores, cuerpos, mal alientos y zapatos varios la rodeaban con indeseable vecindad. Pensó brevemente que lo que sentía en el culo era una mano, pero resultó ser una cartera de piel de una amargada funcionaria de prisiones, deducción subjetiva de la expresión, el peinado, la cara, las gafas de montura siglo diecinueve y el uniforme de Wad Ras que llevaba puesto su lapa trasera.

Hay que ver, qué macedonia humana hay cada día aquí, pensó Ana. Y enlazando dicho pensamiento con su agenda neuronal recordó que tenía que llamar a Mario para pedirle que comprara un par de manzanas y un aguacate. En la penúltima parada consiguió mantener más o menos la misma posición, pero más holgada ya, pues la funcionaria de prisiones se bajó a codazo limpio mejorando la relación aire/carne en el vagón. Pensaba en llamar a Mario nada más bajar, cuando su móvil empezó a sonar con la melodía «Háblame» de Laura Pausini.

«Háblame,… no me hagas esperaaarte más,….». Cómo le gustaba esa canción a Ana. Así de paso sabía que era su móvil el que sonaba. Hurgó en los bolsillos de la chaqueta en busca del móvil, infructuosamente. ¿Estaría en el bolso? No recordaba haberlo metido allí, pero no sería la primera vez. Abrir el bolso le resultó algo complicado y cruzó la mirada con el zombi oriental, que a pesar de seguir musicalmente colocado, la observaba intensamente, algo lívido y sudoroso, lo cual era muy normal en esa lata de callos, aunque giró de inmediato la cara nada más cruzarse las miradas. Pero la que empezó a sudar fue la misma Ana. No encontraba el móvil. ¿Se lo habría dejado en clase? No, imposible. Si había enviado un SMS a Clara poco antes de subir al metro. Tenía que estar ahí. Y la melodía no podía ser otra cosa que su dichoso Samsung. Siguió hurgando entre barra de labios, cepillo, támpax, boli, carpeta y demás enseres, cada vez más nerviosa. Volvió a rebuscar los bolsillos de la chaqueta, volvió al bolso y miró de reojo al chinito musical pensando que estaría haciendo el ridículo, aunque la expresión de su compañero de viaje no distaba mucho de un flan fuera de la nevera varias semanas. Nada más mirarlo, el chino apartó de nuevo la mirada. Será tímido, pensó Ana, mientras seguía preocupada buscando el móvil.

El móvil seguía sonando «diiime siii,… te he perdido o tal vez noooo,…». Curiosamente, por mucho que Ana buscara, la música parecía salir del más allá. Hacia la izquierda, hacia el colega colocao que, más lívido que un queso de Burgos, la miraba aterrorizado. Ana no acababa de creérselo: Sandra Pausini cantaba su canción preferida desde el bolsillo del tejano del oriental viajero. Ana levantó la mirada, incrédula. El mozo levantó la mirada al techo del vagón, la volvió a bajar, y Ana le seguía mirando aterrada. No tuvo más remedio: el mozo se introdujo la mano en el bolsillo del raído tejano, extrajo el móvil de Ana y se lo ofreció, con la pantalla parpadeante de llamada entrante.

Ana, lívida, estiró la mano y cogió con extremo cuidado el móvil que el supuesto colega le devolvía y que a todas luces se lo había mangado nada más entrar de culo en el vagón.

La expresión del mozo era marmórea, impertérrita. Ana recuperó el móvil y, sin apartar la mirada de esa estatua de cera que desviaba lentamente la vista hacia la multitud, descolgó y contestó la llamada:

— ¿Si? —respondió aterrorizada.
— ¡¡Anaaaaaaa!! ¿Dónde puñetas estaaaaas? ¡¡Que no contestas, jolines…!! —le espetó Mario tan pronto oyó su voz.
— Es que,… —el metro llegó a la estación, se abrieron las puertas y Ana saltó al andén, arrancó a correr y no paró hasta salir de la estación al aire libre. Una vez en la calle, mezclada entre el bullicio, se quedó mirando las escaleras por si salía su choricero acompañante. Naturalmente no salió, ni lo volvería a ver jamás. Se llevó lentamente el móvil al oído y escuchó la voz de Mario esperando que contestara.
—¡Ana! ¿Estás ahí? ¿Qué pasaaaaa, troncaaaa…?
— Mario,… no te lo vas a creer,…—

FIN

jueves, 5 de noviembre de 2009

Sueños de realidad

C. estaba perdido en la penumbra de la memoria, en esa delgada línea que separa el sueño de la realidad. Estaba perdido en la indecisión entre recuerdos tristes y realidad feliz, o entre recuerdos felices y realidades penosas. Volvía a navegar en su mundo de dudas en el que creía estar remando más a contracorriente que a favor. Y eso sucedía cada tres semanas, más o menos, cuando se desconectaba del controlador neuronal para la pausa prescriptiva.

Sus colegas en el trabajo preferían no tener que desconectarse. Les gustaba la seguridad limpia de problemas que les ofrecía la conexión. Pero C. se decantaba cada vez más por esos momentos de desconexión, en los que el control neuronal tenía que desconectarse para que los trabajadores no se volvieran literalmente locos. C. no entendía cómo sus compañeros daban preferencia a esa aséptica existencia en el nodo que no a la dura y mil veces más interesante realidad.

jueves, 2 de julio de 2009

La arpía

Era el ser más inesperadamente cruel con el que se había topado jamás; una auténtica arpía. Al principio le cayó simpática, maravillosa, y pareció ser realmente una gran amiga. Le hacía mucha compañía, sin darse cuenta de que cada vez estaba más presente en su vida, demasiado presente. La había añorado y buscado toda su vida, y cuando al final la encontró, le permitió que acaparara todo lo que hacía y que dominara su vida. Nunca intervenía directamente en sus amistades, pero de forma apenas perceptible se iba adueñando de su tiempo. La inmensa atracción que supuso al principio se fue convirtiendo, paulatinamente, en obsesión. Una obsesión que acabó por dominarlo todo.

Cada vez que salía con alguien, que pasaba unos días con colegas, cada vez que llamaba un amigo o amiga, siempre la sentía detrás, acariciándole suavemente y recordándole lo mucho que la necesitaba. Hasta que llegó a depender totalmente de ella.

Empezó a rebelarse y no supo cómo. Empezó a odiarla pero sin querer dejarla. Empezó a mirarla con odio sin recibir más que su dulce sonrisa a cambio, como riéndose de sus esfuerzos. “Sabes que no puedes pasar de mí”, le decía abrazándole de nuevo y confundiéndole con argumentos que ya empezaba a no creerse.

Le llevó a prescindir de la familia, de los amigos. Llegó a temerlos, sin dejar de quererlos. Al final era como si ella lo tuviera atado y amordazado mientras lo castigaba con toda la crueldad del mundo. Se dio cuenta de que era mucho más cruel de lo que jamás hubiera pensado, a pesar de lo mucho que la quiso al principio. Era una adicción, era una droga dura. Sabes que te está matando pero no la puedes dejar. Ya no sabes cómo estar sin ella. Creía conocerla, pero resultó ser una total desconocida capaz de destrozarle la vida.

Con ella, el sexo era totalmente insatisfactorio. La conversación, un monólogo sin réplica. Eso sí, le respetaba su espacio, demasiado. Pero como era tan importante para él no se apercibió de su ausente presencia, ni de su presente ausencia, capaz de hacerle sangrar el alma en lágrimas día sí y día también.

Y esa cruel arpía no sólo le destrozó la vida a él, sino que lo hará siempre, constantemente, con todos los que la deseen demasiado.

Y en el lecho de la muerte, la arpía logró que renunciara a que alguien estuviera presente. No soportó ya la presencia de nadie a su alrededor, excepto de la de esa cruel arpía que fue su única compañía en los últimos minutos de su vida; esa cruel arpía llamada soledad.

sábado, 28 de febrero de 2009

Recetas para quedar bien, aunque seas un inútil en la cocina

Almejas a la marinera

Ingredientes:
1 cebollita
1 diente de ajo
Perejil
½ kg de almejas
Aceite de oliva
Pimentón dulce
Harina
1 vaso de vino blanco
1 cerveza bien fría (opcional)

Localiza la cocina una hora antes, es donde suele estar la nevera con las cervezas.
Lava las almejas y ponlas en un recipiente con bastante agua y sal y déjalas media horita. Luego cambias el agua y otra media horita más en agua con sal. Mientras tanto, puedes ir a ver los Simpson en A3. Aquí es donde entra en acción la cerveza bien fría opcional, para que las almejas no «beban solas».
Pica la cebolla, el perejil y el ajo, preferiblemente con una picadora de esas del minipimer y, según quien, con un par de guantes de látex para ahorrarte el tufo si luego quieres acariciarle el pelo a tu novia. Procura que quede bien picado, casi pasteta, y te ahorrarás el pasapurés. La salsa quedará de por sí suficientemente fina.
Echa la susodicha pasta en una cazuela de gran diámetro y baja altura con aceite calentito y deja que se fría todo un poco a fuego bajo (se llama apochar, pero es para ahorrarte buscarlo en el diccionario). Vigila que no se queme la cebolla, para no tener que recurrir a Telepizza.
Echa entonces un poco de pimentón dulce (no sirve casi de nada, pero da color).
Ahora viene lo difícil: Echa una buena cucharada de harina procurando que se reparta bien (yo pongo la harina en un colador y la reparto dando golpecitos, como si nevara). Dale muchas vueltas al asunto. Va mejor con una varilla de batir huevos, pero como seguro que no tienes, da igual.
Entonces le añades el vaso de vino blanco y dejas que arranque a hervir de nuevo. Como se formará una pasta y la queremos más líquida (que son a la marinera y no panqueque de almejas ¿eh?) le echas un poco de agua hasta que aquello se asemeje a lo que te sirvieron en el restaurante aquella vez que las pediste.
Puedes probar a ver qué tal está de sal, ¡pero no pongas mucha, que las almejas ya tienen!
Entonces le echas las almejas al caldito ése tan guays, les das un mareo con la cuchara de palo y verás cómo se abren en pocos minutos. No las dejes más de 5 ó 6 minutos. Las que no se abran,… a la basura, por si las moscas.
Para completar: Aprovechando que te matas haciendo una salsa y para ahorrarte aquello de que «me he quedado con hambre», lo que yo hago es poner en la salsa, antes de echar las almejas, unos trozos de colita de rape (previamente salada) y unas gambas, los dejo hacer chup chup tres minutos y luego meto las almejas.
Ya se pueden comer. Así de fácil.

Consejo: Enciérrate en la cocina, no vaya a ser que seas objeto de severas críticas femeninas o que alguien se ponga en medio, no te deje currártelo y te diga: «¡Te jodes!» (basado en hechos reales).

Sírvelo preferentemente sobre mantel limpio sin lamparones, con una velita y acompañado de un buen vino blanco. Un verdejo de Rueda le va de maravilla, aunque también fardarás mucho con un buen cava Brut Nature (nada inferior, plis).

Condición «sine qua non» (no hay tu tía, en cristiano), imprescindible para que todo este esfuerzo haya servido de algo: Limpia la cocina a medida que vas trabajando, pon todo en el lavavajillas (si no tienes, cómprate uno) y deja la cocina impecable. En caso contrario, no volverás a pisar la cocina (lo cual, igual, hasta tiene sus ventajas).

domingo, 28 de diciembre de 2008

Santos Inocentes

Se levantó sin pensarlo, como cada día, a pesar de no querer levantarse. Zapatillas, bata, pipí,… mejor no mirarse en el espejo, todavía no.
Mientras se ataba la bata, arrastró las raídas zapatillas en dirección a la cocina, procurando no pisar ninguna cola de gato ni tropezar con ellos, tarea que requería la apertura de, al menos, un ojo.
La cocina estaba helada, todo abierto para que los gatos salieran a su arenero. Como cada día. Encendió la luz bajo los armarios altos,… la del techo no, demasiado, todavía.
Tiró el resto de café frío al fregadero, aclaró la jarrita, abrió la cafetera y el armario de encima. La caja de filtros estaba vacía. Mierda.
Se ató bien la bata, desahució a los gatos de la cocina y salió al patio. En el armario de la despensa no quedaban filtros. Mierda. Regresó rápido. Llovía y todo estaba salpicado y heladamente húmedo. Cerró el patio, dejó entrar a los gatos y se inventó un filtro con papel de cocina.
Cogió el bote de café, y estaba vacío, más mierda. Repitió el proceso de desahucio y salió de nuevo a por un paquete de café. De éste sí había. Volvió en tres segundos, cerró, se olvidó de los gatos, puso el café y mientras pasaba lentamente abrió la nevera. No quedaba leche. Mucha más mierda.
Salió de nuevo al patio como quien no quiere la cosa, se agenció un litro de desnatada y volvió, con la gota en la nariz a punto de caer. Las empapadas zapatillas empezaban a hacer chup chup en el suelo de la cocina.
Calentó un poco de leche en el microondas y se puso café, ya impaciente, cuando la cafetera estaba casi a punto de acabar. Cogió el azucarero, estaba vacío. Suele pasar. Levantó la mano al estante para coger el paquete de azúcar moreno y mientras lo bajaba ya temió lo peor: estaba vacío.
La excursión al patio fue dura, la lluvia arreciaba y notó que el pelo le empezaba a chorrear. La bata empezaba a pesar, las zapatillas eran esponjas. Rellenó de azúcar el azucarero, puso cuatro cucharadas en el café con leche y se dirigió, al fin, contento de haberlo conseguido, orgulloso de su hazaña sin haberse suicidado por el camino, al salón, donde se dejó caer en el sofá para degustar su éxito culinario.
El primer sorbo le supo a gloria, el segundo le despertó la neurona, el tercero le calentó un poco los helados pies. Llegó el momento, cogió el tabaco y el mechero, se acercó un cenicero e inició la ceremonia de cada mañana con el tercer sorbo de café, pero el paquete de Winston estaba vacío. Mierda total.
¿Qué se puede esperar de un día que empieza por tener que levantarse, sobre todo si es un 28 de diciembre, Santos Inocentes?

jueves, 18 de diciembre de 2008

Algoritmos cerebrales

No se encontraba a gusto con su cuerpo. Le sobraban muchas cosas y le faltaban otras, pero no resultaba fácil remediarlo. Le sobraban las antenas, con las que percibía la perfidia y las malas vibraciones de los que se creían por encima, sin saber exactamente encima de qué. Le sobraban las neuronas capaces de ver, a través del alcohol ajeno, los egos inflados de aquellos que reman corriente abajo, creyendo firmemente que las plantas hacen morfosintaxis al sol.
Por otro lado, le faltaban las fuerzas para soportar a los engreídos en su pedestal, inmersos en la inopia de su existencia gris. Le faltaban las palabras para combatir la ignorancia, los argumentos para convencer al suicida que está sólo a un metro del suelo, y que su salto no producirá más que las risas de ineptos mirones.
Quería ser normal, y no podía serlo. La ventaja no de no serlo se anulaba, casi, con la desventaja de ser distinto. Pero ese «casi» valía la pena, ¿o no? Es la diferencia entre ser algo y no ser nada, entre una vida real y una vida anodina. Y a fin de cuentas es lo que deseaba. Cuesta mucho sobrevivir así, pero vale la pena, da sentido a la vida. Los que no disfrutan de ese casi se quedan en la orilla, observando el río sin saber siquiera en qué dirección fluye. En su miseria cerebral tranquila, aburrida,… anodina; la vida se les va. Y vida sólo hay una.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Con nocturnidad y alevosía

La noche ya duerme, y no sé para quién. Silencio total, sepulcral.
Ni un coche, ni un alma. La noche me piensa, la nada,… también.
Oigo mis pensamientos y preferiría no oírlos. Perforan recuerdos muy mal olvidados, los remueven, indiferentes, y los lanzan como dardos para que suelten el hedor de rincones presentes, de odio, de amor,… de dolor.
La nada, y en la nada vuelve el todo, con la intensidad de un panel publicitario en cuatricromía, tridimensional, estridente,… solitario.
Y vuelven a estar allí, los fantasmas del pasado, que miran pacientes, y saben que en mi pretendida ignorancia, están más que presentes y se ríen de mi.
Me revuelve el estómago y no es nada. Y la nada me recuerda la vida, que harta y cansada no da más de si.
Es este silencio, es el susurro de la nada, que me arrastra hacia ella y me abandona, a medio camino, como una foto velada de lo que pude ser y no fui.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Batallas ganadas

Tenía su cara a escasos centímetros de la suya. M. veía sus hermosos ojos marrones cada vez que abría los suyos, pero allí, cómodamente tumbado, prefería mantenerlos cerrados… tampoco quería violentarla mirándola fijamente a los ojos. De vez en cuando, sus cabellos rubio oscuro le rozaban la frente. Olían a limpio, a champú suave de marca,… y estaban prácticamente solos los dos, en aquél silencioso rincón.

Ella le preguntaba cómo estaba, si estaba bien, y M. apenas respondía con una sonrisa. No podía decir nada, no le salían las palabras. Ella le giraba suavemente la cara de vez en cuando, para poder mirarle mejor. Y así estuvieron casi una hora. Y aquellos hermosos ojos marrones no le quitaban la vista de encima, tan cerca, tan atractivos, que hubiera dado cualquier cosa por que no le taladraran con tanta intensidad. Ella olía bien, su voz era dulce y amable, pero pronto se acabaría. M. sabía que aquello acabaría pronto, y ojalá acabe lo antes posible, pensaba. Aquella relación, aquella proximidad, le estaba produciendo una sensación extraña, como sólo recordara en muy contadas ocasiones de su descuidada vida. Apenas la conocía, y estaba tan cerca,... casi demasiado cerca de él.

—Mírame un momento más—, le dijo, y M. volvió a sentir esos ojos a pocos centímetros de su cara, aquella mano que suavemente le cogía la mejilla para girar su cara. No podía decir nada; el tubo de succión colgaba de su anestesiada mejilla mientras ella acababa de empastar la dichosa muela. Aquellos hermosos ojos, tras las gafas protectoras y encima de la mascarilla se apartaron al fin: —Listos, anda, enjuágate un poco y descansa—, le dijo con su melosa voz profesional. Le incorporaron el sillón de la consulta, M. se enjuagó con el labio derecho muerto y le quitaron el babero.
—¿Guango ve va a dugag la anestejia?— preguntó M.

No hace falta entrar más en detalles. Esta vez era otra batalla más, pero ésta ganada.